Crítica de La cabina.

Me acuerdo de mi época de instituto con mi incipiente acné, mis kikirikis, mis peyas,… y claro, siempre que hacías peyas pues íbamos al centro comercial donde estaban los centros recreativos, ese gran templo del frikismo. Te echabas tus partiditas al Cadillac & Dinosaurs, Dinasty Warrios, el mítico Street Fighter II (recuerdo que con el SFII Turbo no jugaba casi nadie, sólo los novatos del lugar que aprendían rápido que no había que jugarlo más y lo dejaban de lado y se pasaban al chungo Puzzle Bobble) e incluso al Tumblepop.

 

¡Joder, pero si sólo he dejado el coche en doble fila un minuto!

Pero llegaba un momento aciago en el que te quedabas sin dinero y aparte de los mil trucos y leyendas que circulaban para jugar de gratis a las máquinas (darle un chispazo a la ranura de las monedas, hacer el combo de Sub-zero y el aryuken a la vez en las teclas a toda potenica,…) también había gente que se acercaba a la cabina telefónica del centro comercial con su destornillador fino y le hacía un destrozo.

Todo esto tenía su cierto riesgo ya que en todo centro comercial que se precie está el típico segurata fanegoso que se cree que por pegarte 3 chillíos te vas a parar. Porque como no lo hicieras y corrieras, ese guardia si veía que no había gente mirándole actuar no te perseguía, pasaba. Ahora, como hubiera gente te perseguía a la distancia establecida hasta la esquina más próxima donde le veías agarrándose sus ternescas rodillas mientras resoplaba y decía con un sonido gutural: “josdeffffputaaafffggg”.

 

Dramatización del típico segurata de centro comercial.

En el que centro comercial que yo digo estaba Don Julián, un segurata que además de gordaco era ya bastante mayor y  con un bigote bastante cano. Si liabas alguna él ni siquiera pegaba voces, echaba mano a su silbato y lo resoplaba de tal manera que hacía temblar los vidrios. Una vez te dejaba más atontao que un conejo al que le han dado las largas, tragaba saliva, elevaba un poco el cuello y gritaba: “¡Páratahí!”.

Obviamente casi nadie quedaba el suficiente tiempo atontao como para que le alcanzara Don Julián, de manera que se escapaba. Él no hacía ni un intento de dar un paso. Entrecerraba los ojitos y decía en voz baja algo que nunca  nadie oyó realmente. De hecho con el tiempo me ha dado por pensar que armaba tanto ruido cuando “perseguía” a alguien para que la gente viera que estaba velando por ellos en todo momento sin que realmente tuviera que moverse. Tipo listo Don Julián.

Era un hombre que no pillaba nunca a nadie. Bueno, salvo a los chavales asalta cabinas que se aventuraban a hacer el golpe solos sin un compañero que les avisara de si venía Don Julián. Como Don Julián era consciente de este hecho estaba la mayor parte del tiempo rondando la susodicha cabina pero aún así la muchachada seguía aventurándose para ver si los Snow Bros conseguían salvar a sus respectivas princesas (¿Unos muñecos de nieve que salvan princesas? Y la gente dice que el planteamiento de Mario es una ida de pinza…).

Y caían como chinches. Pero había uno, El Telefo (mote lamentable pero que en su día nos pareció la bomba), que aún después de ser llevado un montón de veces al misterioso despacho de Don Julián del que se contaban mil leyendas, seguía haciendo de las suyas en todo momento. Don Julián estaba viendo que este hecho hacia peligrar su status-quo y podría hacer pensar a los demás chavales que el reincidir no tenía su parte negativa.

De manera que Don Julián optó por algo radical. Estaba El Telefo  en la cabina cuando Don Julián se acercó todo lo silencioso que sus articulaciones de piedra le permitieron y puso, a la velocidad del rayo, cinta americana en toda la hoja de la puerta ante el gran susto de El Telefo. Éste se descompuso y se puso a suplicar, aporrear, insultar, llorar, ponerse rojo,… pero nada funcionó. La puerta estaba cerrada a cal y canto. Don Julián se fue a una distancia prudencial en la que nadie le asociara con el fatídico suceso y a su vez él pudiera ver todo lo que sucedía.

La mayoría de la gente se descojonaba de él. Había a quien le daba pena pero que realmente tampoco hacía nada por ayudarlo. Hasta que  finalmente llegó su padre -pero un padre de los de antes, no de los de ahora, ojo- y tras quitar la cinta con un cúter le hizo dar la vuelta al ruedo con azotes y desde entonces no volvió a pisar una cabina. De hecho dudo siquiera que tenga móvil.

Pues esta historia que tiene su moraleja y todo parece que fue vista por José Luis Garci y Antonio Mercero ya que a partir de ella sacarían la idea para hacer el mediometraje La cabina.

Todo ocurre cuando José Luis López –sueeeeeeeeeeeeeeeecas- Vázquez se va al parque los yonquis a realizar una llamada desde la cabina. Una vez termina de hacerlo va a salir de ella y… ¡no puede! Y no, no es que esté tirando de la puerta cuando debe empujar, no. Es que no se abre ni para atrás. Van los bomberos, la poli, el del 11811,… pero no hay manera de sacarle. Telefónica ya no se conformaba con quedarse el dinero suelto, no, ahora las personas y todo.

 

Señorita, sá-que-me que he comido fabada y estoy que-no-me-a-guan-to.

La gente del barrio se descojonan de su desgracia y se convierte en una atracción más popular que el yayo borracho de las 3.

José Luis está desesperado. No sabe qué hacer. Tiene ganas de beber, comer, cagar e incluso potar. Todo es mierda. Sólo faltaba que le llamara la suegra a la cabina.

 

¿Qué pasará con nuestro héroe? ¿Podrá escapar? ¿Llamará a su casa para decir que va a llegar tarde a comer? ¿Le saltará el contestador?

 

Gran mediometraje que partiendo de una idea tan simple y sin apenas medios pero con un actorazo como nuestro Don José Luis te consigue transmitir esa angustia del protagonista y te deja en vilo hasta el final.

 

Aaaaay, ¿qué habrá sido de Don Julián?

Por: Gran Cabeza.