Critica de Sacrificio.

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“Sacrificio” es un sacrificio y un dolor de hue…

…sos.

GRUPO DE TERAPIA de gafapastas. Aparece un joven atractivo con capucha:
-¡Te queremos, Truño!
-No, no soy Truño, soy Macarrones.
-(con menos énfasis): Ah, vale. Te queremos, Macarrones.
-He venido a contar mi caso.
-¡Te escuchamos, Macarrones!


-Yo era todavía un tierno jovencito y nunca había visto una película de Tarkovsky, aunque le rezaba a menudo porque sabía que era el único Dios verdadero y, además, una vez se me apareció en sueños en forma de zarza ardiente y me dijo: Spielberg es una mierda, es el anticristo (cosas que yo ya sabía porque había salido de ver ET con arcadas, yo era un niño así de raro). Crecí en mi ciudad de provincias donde JAMÁS se estrenaría una película de Tarkovsky (salvo que contratara a Lina Morgan y a Juanito Navarro para que la protagonizaran, cosa que el ruso -inexplicablemente- no parecía dispuesto a hacer) y soñaba con asistir a las misas tarkovskianas, a los éxtasis colectivos, rezar con sus devotos y formar parte de la secta y tenía fe, mucha fe. Por fin, Dios es grande y todo lo puede, llegué a Madrizz y allí descubrí una reserva de gafapastas llamada Filmoteca Nacional donde se les apacienta como a las búfalas polacas en peligro de extinción. “¡Este es mi medio natural, aquí quiero vivir!” -me dije. Y me hice miembro de la cofradía. El milagro se produjo al poco tiempo: programaron “Sacrificio”. Y allí estaba yo, bien merendado, con el alma virgen, ante la pantalla grande que surge cuando abren las cortinas de la Filmoteca (este momento me encanta, y también el parpadeo de las luces del techo). Se oscureció la sala, empezó la película y yo empecé a llorar: “Esto es lo más bonito que he visto en mi vida”, pensé los primeros minutos. Estaba emocionadísimo.

Pero luego…

A los cinco o diez o quince minutos (en cuanto acaba la primera secuencia) empecé a sospechar que Mr T no había rodado esa película pensando en mí y que me expulsaba a patadas de su secta. Tuve la sensación de que el director se había vuelto literalmente loco o que le había dado un infarto detrás de la cámara y los actores habían seguido improvisando y habían hecho las cosas más raras y aburridas que se les había ocurrido, sin que nadie se preocupara de que aquello tuviera alguna coherencia. Qué rollo, qué losa, qué plomo, qué pretensiones, qué falso me parecía todo, qué aires de catedrático de Filosofía que da su clase después de comer atufando a puro y a coñac y que no se da cuenta de que desbarra. Prefiero entretenerme clavándome lapiceros en el ombligo, poniéndome grapas en los pezones y pillándome los testículos con un cajón una y otra vez antes que volver a ver Sacrificio.
Se levanta una validadora con gafas de pasta:
-¡Ya está bien! ¡Se habrá quedado usted a gusto! ¡Esta página la leen niños que todavía creen en Tarkovsky! Además, ¿por qué le ha puesto un seis?
-Por los detalles bonitos que uno ve de vez en cuando entre las legañas y porque Tarkovsky tenía cáncer y se la dedicó a su hijo y porque sale un arbolito y porque me hizo llorar y porque no me he curado del todo de mi gafapastismo y sueño con el Infierno si suspendo una peli de Mr T. Por eso vengo a esta terapia.
-¡Fuera de aquí! ¡Que alguien eche a este tipo!

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Más experiencias con Tarkovsky: “La infancia de Iván” me encanta, pero es una película que parece de otro; “Solaris” (o “Rollaris: cómo destrozar una novela”): interesante ver a Lem espachurrado por la apisonadora del tedio; “Stalker“: bonitas ideas, bonito planteamiento, ambición wagneriana, pero eso sí, el resultado es como trabajar de cobaya en una fábrica de supositorios. “Sacrificio” será el testamento de Tarkovsky, pero casi lo fue también el mío: aconsejo a los espectadores que antes de verla se despidan de su familia y dejen por escrito sus últimas voluntades.

Por: Macarrones.